Saturday, October 11, 2014

Africanas- Abandonado- Lápiz- Cenicero-Maceta

La estrategia de Don Carlos era inmaculada. El comedor principal era un cuarto exquisitamente decorado, lo suficientemente grande para albergar una bufetera con gavetas de caoba, un par de trinchantes antiguos que contenían porcelanas chinas y españolas, y una mesa rectangular para 8 personas de maderas preciosas colocada de forma que quien entrara al recinto tuviera que verle los ojos a quien se sentara en la silla principal de la mesa. En la pared del fondo, detrás de la silla principal, estaban ubicadas en forma de V las máscaras africanas de madera negra que había heredado su tía, y en las esquinas resguardando sus costados, e iluminadas por los ventanales artesonados a ambos lados de la habitación habían dos grandes macetas, una blanca al lado derecho y otra negra al lado izquierdo, en ambas crecían cañas indias de tallo largo. Según decía el galeno, esas macetas, representan las columnas del templo de Salomón y aunque quien estuviera en el comedor con él no conociera su significado, la sobriedad y aire neutro de los elementos decorativos daban el mensaje de superioridad que buscaba.
Se había imaginado la película varias veces. El estaría vestido en su mejor traje, sentado en su trono. En su mano izquierda tendría una nectarina un poco verde para que el jugo no salpicara la perfección del cuadro, y en la otra, el puñal antiguo de su padre.
Al entrar por primera vez el pretendiente de alguna de sus hijas, el olor al tabaco de la pipa de espuma de mar que tendría encendida en el cenicero victoriano recibiría al indeseable mocoso. El humo de la pipa y la luz tenue de las ventanas, aportarían un aura oscura a la imagen del padre de la pretendida, cualquiera de sus princesas; mientras Don Carlos, con actitud ominosa, y sin levantar la mirada demostraría al muchacho su destreza con el arma rebanando la fruta en el aire.
Había ensayado el diálogo cientos de veces en su mente, y disfrutaba las mil caras de angustia que ponían cada uno de los pretendientes imaginarios mientras cedían a la fuerza de su presencia. Estaba determinado a dejar muy claro que con las hijas del doctor Montealegre nadie iba a jugar.
Sin embargo, la vida tenía otros planes.
Hacía ya un año desde que su esposa lo había abandonado llevándose con ella a las niñas. Había escuchado que la mayor tenía ya un novio, la niña no quería presentarlos, al menos con esta, su oportunidad había pasado.
Con las luces bajas y la nectarina en  la mano, Carlos recordaba de nuevo aquel día, cuando sobre el escritorio de roble inglés, encontró en su libreta de apuntes el lápiz sobre la nota:

"Estoy cansada de vivir en un museo. Me voy.

Doris.

P.D. Siempre fui yo la que comía al otro extremo de la mesa".

1 comment: